Un cuento, un canto y a dormir.
Un cuento, un canto y a dormir, ese era el nombre de una colección de cuentos infantiles que mi mamá me leía antes de irme a dormir cuando yo era chico. Era una colección de la autora Silvia Schujer, y cada libro trataba sobre animales qué no eran como los demás, había algo que los hacía distintos, y con eso hacían lo mejor de ellos mismos. Los cuentos también venían hermosamente ilustrados, y al final de cada libro había una canción con partitura, escrita por la misma autora. Un cuento, un canto y a dormir también era la rutina que yo seguía cada noche antes de irme a dormir cuando era chico. Mi mamá se acostaba al lado mio, me abrazaba, y me contaba un cuento, y cuando terminaba el cuento, me cantaba la canción que venía con el cuento, y si el cuento no tenía canción, ella cantaba igual; nunca faltaba la canción.
Y de entre todos los cuentos, entre la vaca que solo daba leche a la luz de la luna, entre los pulpos que se entrelazan para cuidarse entre ellos, y entre todos los animales únicos, el que más me gustaba era el cuento del “Enojo de Conejo”. El cuento trata sobre un conejo que cuando se enoja se transformaba en otra cosa, en cualquier otra cosa, y solo volvía a ser él cuando se calmaba. Antes no sabía que era lo que me gustaba de ese cuento, si era su ilustración, su canción, o su historia en sí, pero pensándolo un poco me di cuenta que no era ninguna de esas cosas, era la forma en la que mi mamá me lo leía que me gustaba tanto. La forma en la que ella me narraba lo que pasaba era lo que me había encantado, así que cuando empecé a aprender como leer, le pedí a mi mamá que me ayudara a leerlo. Entonces, cada vez que mi mamá me leía ese cuento, yo narraba partes de la historia, y lo que no entendía, se lo preguntaba. Y así, leyendo y preguntando, fue como empecé a leer.Me encantaba leer cuentos, me encantaban sus historias, sus ilustraciones, me divertían y me hacían feliz. Cuento de Maria Elena Walsh, Ricardo Mariño y, por supuesto, Silvia Schujer, fueron los cuentos que más recuerdo de mi infancia.
Obviamente, al crecer, mi gusto fue cambiando. Perdí el interés en los cuentos infantiles ilustrados, y me empezaron a interesar otros géneros, sobre todo el maravilloso. Eso no impidió que leyera varios libros que me captaron la atención en la biblioteca de mi primaria, en donde pasé varias clases de lengua y literatura. Ciertamente, el tener una biblioteca como la que tenía mi primaria, me permitió el acceso a varios libros sin la necesidad de comprarlos, y esos que compraba los atesoraba y cuidaba de la manera más minuciosa posible. Pero, cuando termine la primaria, no volví a ir a una biblioteca con el fin de llevarme un libro.
Porque ya no lo necesitaba. Con las nuevas tecnologías, tenía acceso a un millar de libros, y podía leerlos cuando quisiera y donde quisiera, siempre y cuando tuviera un aparato electrónico y conexión a Internet. Esto me facilitó mucho la vida a la hora de leer textos para el colegio, ya que ya no me era necesario comprar nada, lo tenía todo en el celular.
Con todo ese alcance y toda la facilidad que leer desde un aparato electrónico conllevaba, cuando se trata de leer por gusto, yo siempre preferí, y prefiero, un libro físico. No por alguna razón en especial, sino que por el simple hecho de que nunca se me hizo hábito el buscar y leer desde un aparato electrónico un libro que yo quisiera leer por gusto. Pero así como la tecnología me ayudó a la hora de leer académicamente, me alejo de la lectura que más me gustaba, ya que con todas las series, películas y videojuegos, no encontraba la necesidad de leer un libro para entretenerme. Así como podía tener un texto que debía leer para el colegio en el celular, si me aburría podía buscar algún vídeo, o jugar algún juego que me hubiera descargado. Con todas esas cosas, la lectura pasó a ser algo secundario para mi. Empecé a acumular libros a medio leer, y cuando me regalaban un libro pensaba que esa era mi oportunidad para empezar a leer de nuevo, pero a penas me lo terminaba volvía a la rutina, y aquellos libros que en su momento me atraparon, empezaron a juntar polvo en mi cuarto.
Y mientras todo esto pasa, mientras mis libros juntan polvo y yo me distraigo con las luces de una computadora, se muy en el fondo, que esto no es para siempre. Se muy bien que solo hace falta un empujón, una ojeada a algo chiquito para volver a empezar. Porque si algo sé con certeza es que me baso en rutinas, y así como la rutina de un cuento, un canto y a dormir, esto también es una rutina. El leer por gusto, por regocijo, por interés; el leer académico, por obligación, por deber; y el no leer, son las etapas de mi rutina de vida, de mi ciclo de lectura. Puede que que la rutina cambie, puede que sean todas juntas, puede que no sea ninguna, pero se que siempre vuelvo al mismo punto de partida, se que yo tengo el poder de empezar el ciclo cuando me veo capaz. Es lo bueno de la rutina, se que volverá a haber un cuento después del a dormir, y sé que después de no leer, es solo cuestión de tiempo para que me vuelvan a atrapar, como lo hizo ese cuento sobre un conejo, que se enojaba y se transformaba.
Leandro R. Godoy
Lo que leímos, el momento y el lugar en que lo hicimos, el recuerdo de esa lectura, dibuja también la propia historia. Cuando los libros están con nosotros desde la infancia, cuando hemos armado un vínculo amoroso con ellos, sutil manera de reeditar el amor de quienes nos los acercaron, leer es entretenimiento y, además, una tarea fascinante, provocadora, apasionante y, muchas veces, reveladora de nosotros mismos.
ResponderEliminarQuizá la clave para romper los ciclos que te llevan a la repetición que aburre antes de empezar, porque anticipa cómo termina, sea actuar como el conejo y transformar cada lectura en un desafío, una provocación que te transforme a tu ritmo y sin detenerse. Descubrir que se puede leer en ciclos, en espiral, en línea recta, en zig-zag o como pinte el deseo, o la obligación o la necesidad de leer o no leer.
Gracias por compartir y ayudarme a comprender un poquito más de este viaje en el que aprendemos juntos.